Ventana de Formación. Nº 13. Diciembre 2017

EDITORIAL

Comienza un nuevo año litúrgico, Ciclo B, y con ello el Tiempo de Adviento. Un tiempo que nos prepara para el gran día de la Navidad, para recibir a Dios hecho hombre que habita entre nosotros.

También celebramos durante este mes la festividad de la Inmaculada Concepción, tan arraigada en nuestro carisma cofrade, ya que, nuestro templo dominico esta erigido bajo su advocación.

La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia especial de Dios, ella fue preservada de todo pecado desde su concepción.

El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus.

María quedó preservada de toda carencia de gracia santificante desde que fue concebida en el vientre de su madre Santa Ana. Es decir María es la “llena de gracia” desde su concepción. Cuando hablamos de la Inmaculada Concepción no se trata de la concepción de Jesús quién, claro está, también fue concebido sin pecado.

EVANGELIOS DEL MES DE DICIEMBRE

Este nuevo tiempo litúrgico nos adentra en el evangelio de San Marcos, en el primer domingo,  (Mc. 13,33-37), nos ofrece una parte del discurso de Jesús sobre los últimos eventos de la historia humana, orientada hacía la plena realización del Reino de Dios. El núcleo central en torno al cual gira el discurso de Jesús es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección, y su regreso al final de los tiempos. Nuestra meta final es el encuentro con el Señor resucitado. Por lo tanto, el problema no es “cuándo” sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el estar preparados para el encuentro.

La liturgia que nos presenta el evangelista Marcos (Mc. 1,1-8), en el segundo domingo de diciembre, es un mensaje lleno de esperanza. Es la invitación del Señor expresado por boca del profeta Isaías; “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”. Pero no podemos ser mensajeros de la consolación de Dios si nosotros no experimentamos en primer lugar la alegría de ser consolados y amados por Él. Esto sucede especialmente cuando escuchamos su Palabra. Hoy se necesitan personas que sean testigos de la misericordia y de la ternura del Señor, que sacude a los resignados, reanima a los desanimados. Él enciende el fuego de la esperanza.

En el tercer domingo de Adviento, es el evangelista San Juan (Jn. 1,6-8.19-28), el que nos presenta en este Evangelio el testimonio de Juan el Bautista. Él sabía que no era el Mesías, ni siquiera se reconocía profeta como Elías. Él sólo es la voz que grita, la voz que prepara el camino para el verdadero Mesías. Para nosotros, la figura de Juan debe ser muy importante, al igual que lo fue para los primeros cristianos.

Nosotros, todos los bautizados deberíamos caer en la cuenta que somos los llamados a gritar hoy entre la multitud que Cristo viene. Debemos prepararnos, preparar a todos aquellos que nos rodean para que cuando llegue se encuentre en familia, encuentre el amor y la fidelidad que Él nos da en cada instante de nuestra vida. El problema es que estamos tan acostumbrados, tan acomodados, que todos los años repetimos de forma casi idéntica lo mismo y no somos conscientes de que realmente tenemos que dar un giro a nuestra vida, que en ella realmente se haga presencia el Amor.

En el último domingo, preludio de la Natividad del Señor, es el evangelista  Lucas (Lc. 1, 26-38) el que nos dice que, al igual que María, tengamos un corazón abierto, acogedor, para que la Palabra habite en nosotros y nos ilumine el camino a seguir.  María nos enseña la humildad, la ilusión, la esperanza, la espera paciente y la aceptación de la voluntad de Dios.
Como María dejemos que la Luz nos inunde, que Cristo se haga presencia en nuestro interior, que meditemos en el silencio como lo hizo María y respondamos «Si» a los planes de Dios, aunque estos nos saquen de nuestra comodidad, de nuestra rutina, porque responder afirmativamente es vivir con alegría, con esperanza, con amor, es dejar que Él nos guié.
Junto a María contestemos: «hágase en mi tu voluntad».

PARA REFLEXIONAR

¿Pensamos realmente en ese encuentro que tengamos con Jesús cara a cara?

¿Somos capaces de ahondar en nuestro interior para transformarnos y ser verdaderos testimonios de amor de entre los hombres, como lo hizo San Juan Bautista?

¿Actuamos como lo hizo María, dando un “Si”, a todo lo que nos pide el Señor?

¿CUÁNDO NACIÓ JESÚS?

Navidad significa nacimiento, es la fiesta del nacimiento de Jesús, pero no sabemos cuál es la fecha exacta en que Jesús nació.

Dos circunstancias provocaron que esa fecha se fijara el 25 de diciembre.

La primera de ellas es que existía la creencia de que los profetas mueren en el aniversario de su concepción. Jesús murió, según se decía, un 25 de marzo, por lo que ese día habría sido concebido. Nueve meses después, 25 de diciembre, sería su nacimiento.

Y la segunda, sería que los romanos celebraban el 25 de diciembre la fiesta del sol Invicto, porque ese día creían que era el solsticio de invierno cuando el sol deja de caer en el horizonte y empieza a subir de nuevo. El sol es luz y vida para la naturaleza.

Cristo es el verdadero sol Invicto, el que hace de lo alto y no tiene caída ni ocaso. Él es la luz del mundo, de Él viene la vida para todo hombre que viene a este mundo. Cristo no ha sido vencido por la muerte y sube con todos lo que creen en Él a una vida fecunda y gozosa en un mundo sin noche ni tinieblas.

¿Qué día mejor para celebrar su nacimiento que éste?

Algunas sectas sitúan el nacimiento de Jesús en octubre, porque en octubre era el principio del año entre los judíos. Pero sus cálculos aunque ingeniosos y pretendidamente basados en las profecías de la Sagrada Escritura, carecen de fundamento serio.

LO DE MENOS ES SABER LA FECHA DEL NACIMIENTO DE JESÚS, LO QUE IMPORTA ES QUE JESÚS NACIÓ, QUE DIOS SE HIZO NOMBRE COMO NOSOTROS.