VENTANA DE FORMACIÓN 39. SEPTIEMBRE 2020

Señor de la Piedad, tu nombre nos abre el camino de la Redención, en el seno de tu humildad y paciencia. Que siempre sea nuestro ejemplo.

Estrella, tu nombre ilumina nuestra senda diaria con la esperanza como luz y la alegría como fin. Que siempre sea nuestro ejemplo.

Queridos Hermanos, un nuevo año cofrade comienza para nuestra Hermandad Dominica y Cofradía de nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Piedad en su Sagrada Presentación al Pueblo, María Santísima de la Estrella, Ntra. Sra. del Rosario y Santo Domingo de Guzmán.
Desde la Vocalía de Formación, tras la época estival, volvemos a encontrarnos con las Ventanas de Formación de la hermandad, con el objetivo de complementar la formación activa que la Vocalía propone para todos los cofrades con sus actividades durante todo el año. Año que a nadie se le escapa, ha sido y está siendo muy difícil en todos los ámbitos y no sólo en el cofrade. Aún así, la vida de la Hermandad continúa, gracias a Dios.
El mes de septiembre acudía al seno de nuestra hermandad para acoger dos grandes citas: La Fiesta Estatutaria en honor a María Santísima de la Estrella, que celebra la festividad del nacimiento de la Virgen, y que con las medidas de seguridad pertinentes se celebrará el próximo 8 septiembre con el rezo del rosario a las 19:30h y la Santa Misa a las 20:00h. Con esta Eucaristía se abre el nuevo curso cofrade 2020/2021.

La segunda cita, la tradicional Cena Solidaria en favor de la Vocalía de Caridad, que se suele organizar en la segunda quincena del mes, por las circunstancias de todos conocidas ha sido suspendida.

Significados:
Justo en la mediana del periodo de espera de todo cofrade, pues nos encontramos a mitad de camino de una nueva Semana Santa, puede ser interesante hablar en unas simples pinceladas de las advocaciones de nuestros Sagrados Titulares. Este mes comenzamos con Jesús.
La RAE define Piedad como: Virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión. En donde comprobamos que la Academia une Dios, amor y prójimo. Como es bien sabido, iconográficamente, Nuestro Padre Jesús de la Piedad es un Ecce-Homo. El Ecce-Homo es una de las más felices creaciones de la iconografía cristiana. El tema constituye un trasunto del Varón de Dolores profetizado por Isaías, al evocar el momento de la presentación de Jesucristo al pueblo de Jerusalén por parte de Poncio Pilatos, coronado de espinas, revestido de una clámide púrpura y un cetro de caña entre las manos. El Ecce Homo constituye un tema iconográfico de los valores de la Contrarreforma y está bien tratado desde antiguo por la sensibilidad española. Ya en la Edad Media y su concepción de la piedad había subrayado el dolor físico y moral de Cristo en la soledad del ultraje. En efecto, el Ecce Homo corresponde en el relato joánico (19, 1-5) a la Ostentatio Christi o presentación de Cristo al pueblo por Pilatos. La nomenclatura del Ecce Homo admite también la imagen aislada de Cristo durante la coronación de espinas, con la única distinción de la posición sedente o en pie de Cristo. Igualmente se identifica con el Cristo de la Humildad y Paciencia o Cristo pensativo sentado en una peña, esperando la crucifixión, tipo de gran éxito devocional por su impacto emotivo y muy difundido a partir de las estampas de Durero, o también con el Cristo Varón de Dolores, mostrando sus llagas, tipo nórdico medieval de marcado carácter simbólico y con significado sacramental, como de hostia viviente.
En resumen, todas ellas presentan al Cristo de piedad o de la piedad como una advocación de Cristo y sus distintas formas de representación artística: Pietà, muerto, en brazos de su madre, Imago pietatis o «Varón de dolores», «Cristo de las Cinco Llagas» o «Cristo de la Misa de San Gregorio» y Cristo pensativo, coronado de espinas, sentado, a veces con la cabeza apoyada en un brazo. La que nos interesa es la iconografía de Cristo como Varón de Dolores, de la que existen diversos tipos: con los brazos cruzados o mostrando la herida del costado e incluso recogiendo en un cáliz su propia sangre. Es habitual que aparezca junto a los instrumentos de la Pasión y rodeado o sostenido por ángeles.
Reflexión:
El Papa Francisco reflexionó sobre el don de la piedad, el cual no significa tener compasión, poner “cara de estampita” o fingir ser santo, sino un “auténtico espíritu religioso”. Francisco alentó a cultivar este don porque “seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre”.

EVANGELIOS DEL MES DE SEPTIEMBRE
El evangelio que nos ocupa este Domingo, día del Señor es el de San Mateo (18,15-20): la comunidad como experiencia de perdón y oración.
El evangelio de hoy forma parte de uno de los discursos más significativos del primer evangelio. En este caso, nos encontramos con el llamado «discurso eclesiológico» porque se contemplan en él las normas de comportamiento básicas de una comunidad cristiana: perdón, comprensión, solidaridad. Hoy aparece lo que se ha llamado la corrección fraterna, el tema del perdón de los pecados en el seno de la comunidad, y el valor de la oración común. La corrección fraterna es muy importante, porque todos somos pecadores. Es en la comunidad donde tiene todo sentido el perdón de los pecados. Eso exige dar oportunidades, para que no sea el puritanismo lo específico de una comunidad. De la misma manera, la oración común enriquece sobremanera nuestra oración personal. Eso no excluye la necesidad de que tengamos experiencias de perdón y de oración personales, pero hay más sentido cuando todo ello se integra en la comunidad. La religión enriquece la dimensión social de la persona humana.

La lectura del evangelio del segundo domingo de septiembre nos lo va a acercar también el evangelista San Mateo 18,21-35): Dios se realiza perdonando, nosotros ¿cómo?.
Con el evangelio de hoy se pone punto final al discurso eclesiológico para esta comunidad y nos enseña a todos los cristianos aquello por lo que debemos ser reconocidos en el mundo. La parábola del «siervo despiadado» es una genuina parábola de Jesús, acomodada por la teología de Mateo, que hace preguntar a Pedro, con objeto de dejar claro a los cristianos, que el perdón no tiene medida. Setenta veces siete es un elemento enfático para decir que no hay que contar las veces que se ha de perdonar. Dios, desde luego, no lo hace.
La lectura de la parábola nos hará comprender sobradamente toda la significación de la misma; es tan clara, tan meridiana, que casi parece imposible, no solamente que alguien deje de entenderla, sino que alguien tenga una conducta semejante a la del siervo liberado un instante antes de su muerte por las súplicas ante su señor. Es desproporcionada la deuda del siervo con su señor, respecto de la de siervo a siervo (diez mil talentos, es una fortuna, en relación a cien denarios). Sabemos que en esta parábola, según la teología de Mateo, se quiere hablar de Dios y de cómo se compadece ante las súplicas de sus hijos.
Es una parábola de perplejidades y nos muestra que los hombres somos más duros los unos con los otros que el mismo Dios.
Los que están en la misma escala deberían ser más solidarios. Pero no es así en esta parábola. El núcleo de la misma es la dureza de corazón que revelamos frecuentemente en nuestras vidas. Y es una desgracia ser duros de corazón. Somos comprensivos con nosotros mismos, y así queremos y así exigimos que sea Dios con nosotros, pero no hacemos lo mismo con los otros hermanos. Porque somos tardos a la misericordia. Por eso, el famoso «olvido, pero no perdono» no es ni divino ni evangélico. Es, por el contrario, el empobrecimiento más grande del corazón y del alma humana, porque en ese caso, más sentido podía tener «perdono, pero no olvido». Lo mejor, no obstante, sería perdonar y olvidar, por este orden.
Nos acercaremos al tercer domingo del mes con la lectura de San Mateo (20,1-16): La salvación misterio “contracultural” del amor.

El evangelio de Mateo nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en el ámbito de la exposición que Jesús hacía para exponer el misterio del Reino de Dios. Es una parábola que recuerda, en su resultado final, algunos aspectos a la conocida como la del hijo pródigo. En realidad, se quiere hablar de la misma persona, de Dios, bien como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, bien como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Los elementos intermedios, las horas, no deben distraernos del momento culminante en el que se quiere poner de manifiesto que, precisamente en el Reino de Dios, lo decisivo, como es la salvación de los hombres, no funciona con los criterios de este mundo.
No sería lógico que contrastáramos la justicia estricta que usa con los llamados a la primera hora y la misericordia o la generosidad que aplica con los últimos, pero es ahí donde está el centro del escándalo, de lo contracultural: así no se pensaba en tiempos de Jesús, ni ahora tampoco. Podría pensarse que un gran agricultor, en tiempos de cosecha, tenía necesidad de jornaleros hasta última hora para dar salida a la uva y paga bien. Pero no es eso lo que cuenta; lo que se impone es que el dueño de la viña también es generoso con los últimos que ha podido contratar. Para entender mejor la parábola, hay que tener en cuenta que el trabajo “de sol a sol” eran doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Por eso a ellos les dice el dueño de la viña: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Podemos imaginarnos el contexto histórico de esta parábola de Jesús en su actitud de recibir y acoger a los pecadores contra la mentalidad legalista y puritana de los controladores de las leyes de pureza y santidad.
La parábola quiere enseñar una única cosa, decisiva: «Así es Dios con respecto a la salvación». Todo lo demás no sobra, sino que viene a servir a esta idea que es verdaderamente escandalosa. Este es el Dios de Jesús; este es el mensaje radical del evangelio del reino de los cielos.

En el cuarto domingo nos adentraremos en la lectura de San Mateo (21,28-32): Para Dios, lo que cuenta es «volver».
El evangelio de Mateo (21,28-32), con la parábola del padre y los dos hijos, es provocativo, pero sigue en la misma tónica de los últimos domingos. Se quiere poner de manifiesto que el Reino de Dios acontece en el ámbito de la misericordia, por eso los pecadores pueden preceder a los beatos formalistas de siempre en lo que se refiere a la salvación. Una parábola nos pone en la pista de esta afirmación tan determinada, la de los dos hijos: uno dice que sí y después no va a trabajar a la viña; el otro dice que no, pero después recapacita sobre las palabras de su padre y va a trabajar. Lo que cuenta, podríamos decir, son las obras, el compromiso, recordando aquello de no basta decir ¡Señor, Señor!. El acento, pues, se pone sobre el arrepentimiento, e incluso si la parábola se hubiera contado de otra manera, en la que el primero hubiera dicho que sí y hubiera ido a lo que el padre le pedía, no cambiarían mucho las cosas, ya que lo importante para Jesús es llevar a cabo lo que se nos ha pedido.
El acento está, justamente, en aquellos que habiéndose negado a la fe primeramente, se dejan llenar al final por la gracia de Dios, aunque esto sirve para desenmascarar a los que son como el hijo que dice que sí y después hace su propia voluntad, no la del padre.

PARA REFLEXIONAR:
Las normas de comportamiento básicas de una comunidad cristiana: perdón, comprensión, solidaridad.

El perdón no tiene medida. Setenta veces siete es un elemento enfático para decir que no hay que contar las veces que se ha de perdonar. Dios, desde luego, no lo hace.

Lo que cuenta, podríamos decir, son las obras, el compromiso, recordando aquello de no basta decir ¡Señor, Señor!.

PAZ Y BIEN HERMANOS. UN ABRAZO