VENTANA DE FORMACIÓN 51. NOVIEMBRE 2021

Señor de la Piedad, acuérdate de todas aquellas, tus hijas, que han vivido bajo tu presencia. Admítelas a contemplar la luz de tu rostro.
Estrella, que supiste estar en el mayor dolor, acoge en tu mirada a todos aquellos, tus hijos, que ya disfrutan del descanso eterno junto a Ti .

Desde la Vocalía de Formación, volvemos a encontrarnos, un mes más, con las Ventanas de Formación, con el objetivo de complementar la formación activa que la Vocalía propone para todos los cofrades con sus actividades durante todo el año. En esta ocasión, el mes de noviembre acoge las fechas en las que tendremos un especial recuerdo a todos aquellos seres queridos que ya no se encuentran entre nosotros pero siempre estarán en nuestros corazones, especialmente sensible por las vicisitudes pandémicas que hemos vivido y que, gracias a Dios, parecen estar quedando, poco a poco, atrás. Así, el día 2 de noviembre a las 19:30 horas en la Iglesia de la Purísima Concepción se ofrecerá una Eucaristía por el alma de todos los difuntos, con la consideración de un tierno recuerdo a todos aquellos cofrades de la Hermandad que han dejado este mundo en este año. Igualmente, durante los días del 12 al 14 de noviembre se dará culto a María Santísima de la Estrella en el Triduo en su Honor que se celebrará en la Iglesia de la Purísima Concepción en horario de 19:30 a 21:00. Mes de noviembre cargado de celebraciones para nuestra Hermandad Dominica y Cofradía de nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Piedad en su Sagrada Presentación al Pueblo, María Santísima de la Estrella, Ntra. Sra. del Rosario y Santo Domingo de Guzmán, y sobretodo por la gran celebración que supone la de Todos los Santos y Difuntos, dedicada a todas aquellas personas que pasaron por esta vida y que hoy disfrutan, a buen seguro, de la presencia del Señor.

SIGNIFICADOS:
En relación a lo anterior y sin tener que alejarnos relativamente mucho en el tiempo, nuestros difuntos antepasados reposaban para la eternidad en el espacio santo de las iglesias. Allí, en los laterales de las naves, descansaban en capillas los difuntos de los clanes poderosos. Bajo las losas del piso se disponían el resto de familias, siendo su orden de importancia el que marcaba su cercanía al altar. Y los menos poderosos y sin recursos yacían en el patio anexo. Pero todos eran enterrados en el recinto eclesial.
Pero al parecer, la conocida como peste de Pasajes (una virulenta epidemia que acabó en unos meses de 1781 con más del 10% de la población de ese puerto de Gipuzkoa), marcó el principio del fin de una tradición tan insalubre como arraigada. Este episodio dio lugar a la creación de los modernos cementerios civiles extramuros, ya que quedó recogida en 1787 en la Real Cédula por la que Carlos III prohibió en España las inhumaciones en las iglesias, cuyo detonante fue “el hedor intolerable que se sentía en la Iglesia Parroquial de la multitud de cadáveres enterrados en ella”. El gobierno de Carlos III, en su afán modernizador, tomó conciencia de la necesidad de hacerlo. El cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, de 1783, en la sierra de Madrid, y el del Poblenou en Barcelona, abierto ocho años antes por el ilustrado obispo Josep Climent, fueron los primeros ejemplos de una nueva corriente que abogaba por camposantos apartados de la población en lugares bien ventilados. Así, alegando las malas condiciones higiénico sanitarias, se comenzó a erigir cementerios a extramuros, alejados de la población, en sintonía con la naturaleza y con una buena ventilación. Como era arraigada tradición la de enterrar a los seres queridos en las iglesias, en un principio, la sociedad se negó a este nuevo cambio, pues rompía con sus creencias más profundas. Pero como eran muchas las enfermedades que asolaban a la población, los ciudadanos tuvieron que dar el brazo a torcer y comprobar que dar sepultura a las afueras del pueblo o ciudad era lo más lógico, por higiene y prevención de contagios.
Pero, como el tiempo es el gran escritor, acaba siempre volviendo a reescribir la Historia, a veces de manera distinta pero manteniéndola igual. Hoy en día se ha vuelto a la costumbre de dar reposo eterno a nuestros fallecidos en el ámbito de las iglesias. Y han tomado protagonismo en este cometido las diferentes cofradías que han propiciado la instalación de columbarios en los que reposen los cofrades que así lo deseen, cerca de las imágenes de su devoción.
La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación. Este dogma, recogido en el canon 1203 de la Doctrina Cristiana, ampara a iglesias, parroquias y cofradías que han construido en sus dependencias modernos columbarios. Así, en Málaga, la Archicofradía de la Esperanza fue pionera en este proyecto, inaugurando el suyo en 1988. Hoy en día, es costumbre no sólo en Málaga, Oviedo, Granada, Madrid, Gijón…sino que en nuestro Jaén, ya existe, por ejemplo, el ubicado en la Cripta de la Iglesia de Cristo Rey. Así, los columbarios nos harán retomar la costumbre de los primeros siglos del cristianismo de enterrar a sus difuntos en un lugar cercano al altar o en el camposanto al lado de los templos. Se pueden enumeran varias ventajas; como la comodidad para los familiares de encontrarse los columbarios en zonas más próximas (sin tener que salir de la ciudad) y la eliminación de tener que renovar los contratos de permanencia en los cementerios.
Como curiosidad, se puede comentar que no resulta nada fácil el definir con exactitud el término de «columbario» (del latín columbarium, literalmente palomar). Palomar o columbario será el término empleado comúnmente desde la Grecia Clásica para designar aquellos edificios donde moraban las palomas, si bien por extensión, desde época romana, y por su similitud física y estructural acogieron la denominación de columbarium diversas construcciones que recogían en su seno aberturas regulares similares a las de un palomar. Así es como se pasa a identificar como columbario, aquellas hornacinas o nichos excavados en la pared de una cueva o más corrientemente en una tumba, donde se depositaban las urnas cinerarias.

EVANGELIOS DEL MES DE NOVIEMBRE
Primer Domingo: Evangelio: Marcos (12,36-44): La religión sin fe, no es verdadera
Marcos, antes del discurso escatológico y de la pasión, nos ofrece una escena que está cargada de simbolismo. Jesús, en el Templo, está mirando a las personas que llegan para dar culto a Dios. A Jerusalén llegaban peregrinos de todo el mundo; judíos piadosos, pudientes, de la cuenca del Mediterráneo, que contribuían a la grandeza de Jerusalén, de su templo y del culto majestuoso que allí se ofrecía. Siempre se ha pensado que el culto debe ser impresionante e imperecedero. ¿Está Jesús a favor o en contra del culto? Esta pregunta puede parecer hoy capciosa, pero la verdad es que debemos responder con inteligencia y sabiduría. ¡No! ¡No está Jesús contra el culto como expresión o manifestación de la religión! Pero también es verdad que no hace del culto en el templo un paradigma irrenunciable.
Si nos fijamos, Jesús está proponiendo el culto de la vida, del corazón, ya que la viuda pobre ha echado en el arca del tesoro lo que necesitaba para vivir. Ella estaba convencida, porque así se lo habían enseñado, que aquello era para dar culto a Dios y entrega todo lo que tiene. Es, si queremos, un caso límite, con todo el simbolismo y la realidad de lo que ciertas personas hacen y sienten de verdad. Esa es, pues, la interpretación que Jesús le hace a sus discípulos. Los demás echan de lo que les sobra, pero la vida se la reservan para ellos; la viuda pobre entrega en aquellas monedas su vida misma. Ese es el verdadero culto a Dios en el templo de la vida, en el servicio a los demás. Jesús ha leído la vida de aquella pobre mujer, y desde esa vida en unas pocas monedas, ha dejado que lleve adelante su religión, porque estaba impregnada de fe en Dios.

Segundo Domingo: Evangelio: Marcos (13,24-32): La historia se transforma, no se aniquila
El evangelio de hoy forma parte del discurso apocalíptico de Marcos con que se cierra la actividad de Jesús, antes de entrar en la pasión. Es propio de la liturgia con la que culmina el año litúrgico usar esos textos apocalípticos que plantean las cuestiones finales, escatológicas, del mundo y de la historia. Jesús no fue muy dado a hablar de esta forma, pero en la cultura de la época se planteaban estos asuntos. Por ello le preguntan sobre el día y la hora en que ha de terminar este mundo. Jesús –según Marcos-, no lo sabe, no lo dice, simplemente se recurre al lenguaje simbólico de los apocalípticos para hablar de la vigilancia, de estar alerta, y de mirar “los signos de los tiempos”. Pero una cosa sí es cierta: ante la tiranía todos los hombres de cualquier clase y religión estamos llamados a resistir en nombre de Dios.
Cierto tipo de mentalidades siempre han creído y propagado que el final del mundo vendrá con una gran catástrofe en la que todo quedará aniquilado. Pero eso no nos obliga necesariamente a creer que eso será así. Dios tiene sus propios caminos y sus propias maneras de llevar hacia su consumación esta historia y nuestra vida. El discurso está construido sobre palabras de Daniel 7,13-14 en lo que se refiere a venida del Hijo del Hombre. Sin embargo, en los términos más auténticos de Jesús se nos invita a mirar los signos de los tiempos, como cuando la higuera echa sus brotes porque el verano se acerca; a descubrir un signo de lo que Dios pide en la historia. Dios tiene sus propios caminos para poner de manifiesto que en esta historia nada pasa desapercibido a su acción y de que debemos vivir con la espera y la esperanza del triunfo del bien sobre el mal; que no podemos divinizar a los tiranos ni deshumanizar a los hijos de Dios. Los tiranos no pueden ser dioses, porque todos los hombres son “divinos” como imagen de Dios. Así es como se transformará esta historia a imagen del “reinado de Dios” que Jesús predicó y a lo que dedicó su vida.

Tercer Domingo: Evangelio: Juan (18,33-37): La verdad del reinado de Jesús
El evangelio de hoy forma parte del juicio ante el prefecto romano, Poncio Pilato, que nos ofrece el evangelio de Juan. Es verdad que desde esa clave histórica, el evangelio de Juan tiene casi los mismos personajes de la tradición sinóptica, entre otras cosas, porque arraigó fuerte la pasión de su Señor en el cristianismo primitivo. La resurrección que celebraban los primeros cristianos no se podía evocar sin contar y narrar por qué murió, cuándo murió y a manos de quién murió. La condena a muerte de Jesús fue pronunciada por el único que en Judea podía hacerlo: el prefecto de Roma como representante de la autoridad imperial. En esto no cabe hoy discusión alguna. Pero los hechos van mucho más allá de los datos de la tradición y el evangelio de Juan suele hurgar en cosas que están cargadas para los cristianos de verdadera trascendencia. El marco es dramático: los judíos no quieren entrar y sale Pilato, pregunta, les concede lo que no les podía conceder: “tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley”. Pero ellos no quieren manchar “su ley” con la sangre de un profeta maldito. Pilato tampoco, aparentemente, quiere manchar el “ius romanum” con la insignificancia de un profeta judío galileo que no había hecho nada contra el Imperio. El drama que está en juego es la verdad y la mentira. Ese drama en el que se debaten tantas cosas de nuestro mundo. Todo apunta a que Jesús, siempre dentro del “pretorio”, es una marioneta. En realidad la marioneta es la mentira de los judíos y del representante de la ley romana. Es la mentira, como sucede muchas veces, de las leyes injustas e inhumanas.
Al final de toda esta escena, el verdadero juez y señor de la situación es Jesús. Los judíos, aunque no quisieron entrar en el “pretorio” para no contaminarse se tienen que ir con la culpabilidad de la mentira de su ley y de su religión sin corazón. Esa es la mentira de una religión que no lleva al verdadero Dios. Pilato entra y sale, no como dueño y señor, lo que debería ser o lo que fue históricamente. El “pobre” Jesús, el profeta, no tiene otra cosa que su verdad y su palabra de vida. El drama lo provoca la misma presencia de Jesús que, cuando cae bajo el imperio de la ley judía, no la pueden aplicar y cuando está bajo el “ius romanum” no lo puede juzgar porque no hay hechos objetivos, sino verdades existenciales para vivir y vivir de verdad. Es verdad que al final Pilato aplicará el “ius”, pero ciegamente, sin convicción, como muchas veces se ha hecho para condenar a muerte a los hombres. Esa es la mentira del mundo con la que solemos convivir en muchas circunstancias de la vida.
Jesús aparece como dueño y señor de una situación que se le escapa al juez romano. Es el juicio entre la luz y las tinieblas, entre la verdad de Dios y la mentira del mundo, entre la vida y la muerte. La acusación contra Jesús de que era rey, mesías, la aprovecha Juan teológicamente para un diálogo sobre el sentido de su reinado. Este no es como los reinos de este mundo, ni se asienta sobre la injusticia y la mentira, ni sobre el poder de este mundo. Allí, pues, donde está la verdad, la luz, la justicia, la paz, allí es donde reina Jesús. No se construye por la fuerza, ni se fundamenta políticamente. Es un reino que tiene que aparecer en el corazón de los hombres que es la forma de reconstruir esta historia. Es un reino que está fundamentado en la verdad, de tal manera que Jesús dedica su reinado a dar testimonio de esta verdad; la verdad que procede de Dios, del Padre. Sólo cuando los hombres no quieren escuchar la verdad se explica que Jesús sea juzgado como lo fue y sea condenado a la cruz. Esa es la verdad que en aquél momento no quiso escuchar Pilato, pues cuando le pregunta a Jesús qué es la verdad sale raudo de su presencia para que poder justificar su condena posterior. Juan nos quiere decir que Jesús es condenado porque los poderosos no quieren escuchar la verdad de Dios.

Cuarto Domingo: Evangelio: Lucas (21,25-28.34-36): Se acerca nuestra liberación
Todos los años comenzamos el nuevo ciclo litúrgico con el Adviento, que es presencia y es llegada. Es una presencia de siempre y constantemente renovada, porque nos preparamos para celebrar el misterio del Dios que se encarna en la grandeza de nuestra miseria humana. En el Primer Domingo de Adviento, se ofrece un mensaje lleno de fuerza, una llamada a la esperanza, que es lo propio del Adviento: Levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación. Esa es la clave de la lectura evangélica del día. No son los signos apocalípticos los que deben impresionar, sino el mensaje de lo que se nos propone como oferta de parte de Dios.

Lo apocalíptico, mensaje a veces deprimente, tiene la identidad de la profunda conmoción, pero no es más que la expresión de la situación desamparada del ser humano. Y sólo hay un camino para no caer en ese desamparo inhumano: vigilar, creer y esperar que del evangelio, del mensaje de Jesús, de su Dios y nuestro, nos viene la salvación, la redención, la liberación. Por eso, en la liturgia del Primer Domingo de Adviento se pide y se invoca a la libertad divina para que salga al encuentro del impulso desvalido de nuestra impotencia.

FRASES PARA REFLEXIONAR:
• ¡No está Jesús contra el culto como expresión o manifestación de la religión! Pero también es verdad que no hace del culto en el templo un paradigma irrenunciable.
• Ante la tiranía todos los hombres de cualquier clase y religión estamos llamados a resistir en nombre de Dios.
• Es un reino que tiene que aparecer en el corazón de los hombres que es la forma de reconstruir esta historia. Es un reino que está fundamentado en la verdad, de tal manera que Jesús dedica su reinado a dar testimonio de esta verdad.
• Levantad vuestras cabezas porque se acerca vuestra liberación.

Un fraternal saludo en el Señor.